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ISSN 1989-4163

NUMERO 15 - SEPTIEMBRE 2010

Maternus Ø

Beatriz Rodríguez

El cielo no está presidido por soles homéricos cuyos abrazos arrancan  dulces aromas de las higueras en sazón, como es propio de las calendas de augustus.  La atmósfera es plúmbea, sometida a cúmulos amenazadores que presagian tempestades. Júpiter no parece estar de buen humor y sus cielos, los de la civilización, son tenebrosos. Bajo sus auspicios se celebra el último combate del día en el anfiteatro de Capua.

Symmachus y Maternus rezuman sudor mientras sus espadas se entrecruzan y encuentran en violentos choques a la búsqueda de la carne agazapada tras los escudos cubiertos de polvo. Son myrmillones, ambos victoriosos, ambos exhaustos. Los juegos han sido muy largos.

Protegida por el hierro de los cascos, hendidos por los mandobles y donde parecen agonizar los peces cincelados, la mirada  se adivina salvaje, turbia y ahogada, aunque hermosa, con la conciencia de la gloria y también de la muerte. La lucha es sine fuga y no habrá perdón para el vencido.

Las túnicas rasgadas dejan entrever los músculos tensos y las viejas cicatrices asoman horrendas como gusanos necrófagos que van  horadando la piel, ya cuero viejo en estos cuerpos todavía jóvenes. La visión más turbadora la ofrece un colgajo de carne que apenas sujetan las cinchas de las polainas. El filo del gladius de Symmachus ha arrancado parte del muslo de su rival.  Maternus cojea en cada acometida. El dolor hierve en sus extremidades y le hace sentir el recuerdo de la marca del hierro del lanista. Sin embargo, su desasosiego no proviene de la herida abierta. No es la primera. Se trata de algo menos vivo y más oscuro, agazapado en su interior. Una sombra que nubla su vigor .¡Por Júpiter! Jamás había separado su espada de su brazo y su brazo de su espíritu y ahora se comportan como piezas sueltas. ¿Son los excesos de la cena libera y el vino de Campania endulzado con miel y que no quiso aguar,  los que distrajeron su encomienda a Némesis?  ¿La divinidad protectora está ofendida y castiga ahora sus entrañas con punzadas desconocidas? El ánimo de Maternus acusa el abandono de los dioses, pero no está dispuesto a renunciar al honor. En una tregua del combate, mientras su rival toma aliento, Maternus cercena el trozo. Pero el gemido que ahoga no procede de su espada, vuelta contra su propia carne, ni de las vísceras castigadas por el banquete. Procede de la sombra que ya habita en su interior y que le ha revelado su destino . Va a pagar con su vida el precio de un placer tan fugaz. Sangre por vino. Así sea. Nunca fue tan amado por el pueblo como los tracios pero se le otorgó la  palma triunfal en más de una ocasión. Su vida no ha sido en vano.

La lucha continúa con la bravura que se espera de quienes ya son héroes, pero la conciencia de la derrota de Maternus secreta un aroma que Symmachus ha detectado. La multitud enfebrecida presagia al campeón de la tarde. Con la fuerza que le otorga el destino que se ha de cumplir, la espada del myrmillo más joven abre  una sima oscura en el pecho del rival. La carne desgarrada deja paso a la sangre que, despavorida, ahoga la arena. El cuerpo de Maternus cae. Cuando el lanista le aproxima un hierro candente, se contrae apenas. Todavía respira. El espectáculo provoca el paroxismo de la plebe que brama iúgula! (¡degüéllalo!), apagando el fragor del trueno que avisa de la inminencia de la tormenta. El  patrocinador muestra el pulgar hacia abajo y Simmachus cumple con su cometido…El cielo se desploma entonces en torrentes de agua.

Maternus
 

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